Circo y fieras en la Roma antigua

Uno de los espectáculos más populares fue en el Imperio Romano el
acoso de fieras, celebradas generalmente en los anfiteatros. En origen estos
espectáculos, como los juegos olímpicos, némeos, píticos e ísmicos y las representaciones
teatrales en Grecia, o los combates de gladiadores y carreras de carros en Roma, eran
rituales religiosos en honor de los dioses o de los difuntos importantes; con el tiempo,
estos rituales se degradaron y se convirtieron en juegos o en deportes. Todavía, a finales del
Mundo Antiguo,
en las representaciones de carreras de caballos o de luchas de
fieras no es raro que una imagen de Cibeles presida los juegos. El más antiguo espectáculo
de lucha de fieras de que hay noticia en Roma data del año 186 a. C. y tuvo lugar unos
80 años antes de que se introdujeran los combates de gladiadores. La afición por este
espectáculo sangriento pervivió por lo menos hasta el s. VI. En el año 469 los
emperadores León y Artemio prohibieron que se celebrasen en domingo. En el año 536 el
emperador bizantino Justiniano
decretó que los cónsules debían ofrecer al pueblo acosos de
fieras. Este espectáculo era variado en su composición; unas veces se exhibían sólo fieras,
otras luchaban éstas entre sí, y frecuentemente con hombres; se simulaban también
en el anfiteatro auténticas cacerías de animales salvajes. Los que luchaban con las fieras se
llamaban bestiarios; unas veces eran contratados, otras se obligaba a combatir a
criminales o a prisioneros de guerra. Autores de los s. II y III, como los escritores
cristianos Tertuliano y San Cipriano y el jurista Ulpiano, nos informan de que también se
ofrecían voluntarios para luchar con las fieras, que tenían a gala el participar sin
recibir soldada, incluso algún emperador para demostrar en público su valor no tuvo inconveniente
en descender a la arena y matar con su propia mano las fieras. El historiador
Dión Casio cuenta que Cómodo (180-193) mató en un solo día cinco hipopótamos, y en
varios una jirafa, dos elefantes y algunos rinocerontes.
Existían grupos o familias de bestiarios, que se adiestraban, como
los gladiadores, en escuelas especiales; una de estas escuelas fue creada por el
emperador Domiciano a finales del s. I. Generalmente este espectáculo se celebraba en el
anfiteatro; en el de Mérida se conservan todavía las habitaciones de las fieras con
unas ventanucas para alimentarlas. Las primeras fieras que se vieron en Roma procedían
de África, donde Cartago, la gran metrópoli mercantil, había sido arrasada en el
año 146 a. C. El historiador contemporáneo de Augusto, Tito Livio, recoge la noticia de que en
un espectáculo de fieras celebrado en Roma en el año 169 a. C. y organizado por
los ediles P.Léntulo y Escipión Násica, se exhibieron 63 fieras africanas
(panteras, leopardos y hienas, 40 osos y elefantes). Por estas fechas, se presentaban a
veces sólo animales inofensivos, pues en los juegos organizados para festejar a la diosa Flora sólo
participaron esta clase de animales. El comediógrafo Plauto vio en su tiempo
avestruces. Además de estas fieras importadas, se sacaban a la arena animales traídos de
distintas regiones de Italia, de los montes Apeninos, de Lucania y Apulia, como osos,
jabalíes, corzos, ciervos y liebres.
Los acosos de fieras cobraron cada vez más importancia ya a finales
de la
República Romana y se vieron en Roma animales nunca antes vistos.
En el año 58 a. C. en las fiestas organizadas por Escauro se exhibieron un cocodrilo
y un hipopótamo.
Pompeyo, con ocasión de los espectáculos venatorios, celebrados
con motivo de la consagración de su teatro, presentó al público un rinoceronte,
unos monos africanos desconocidos y un lince de la Galia (Francia). En las cacerías
preparadas por César en el año 74 a. C. el pueblo romano vio por vez primera una jirafa y en
el año 11 a. C. un tigre.
Asombra la variedad de fieras que participaban en estas dos
exhibiciones o luchas, pero lo que más llama la atención es la abundancia de animales de
una sola especie que se presentaban al público, que indica un gran comercio de fieras
perfectamente organizado y muy rentable desde los países de origen hasta el anfiteatro de
Roma. El cazador era propietario de los animales cazados por él, fuese en terrenos
propios o ajenos. Sin embargo, las cacerías de elefantes sólo se podían organizar con
autorización del emperador. La posesión de esta fiera era un privilegio exclusivo del
emperador. Los emperadores también se reservaron el privilegio de cazar leones o de autorizar
su captura. El transporte de las fieras se hacía generalmente por mar. Está bien
representado en algunos de los soberbios mosaicos de Piazza Armerina, Sicilia (300-360).
Los convoyes tardaban varios meses en llegar y frecuentemente perecían las fieras en el
viaje. Del edicto, dado por los emperadores Honorio y Teodosio, del año 417, se
desprende que los municipios por donde pasasen tenían la obligación de alimentar las fieras, lo
que motivaba abusos sin cuento. En Hierápolis, capital de la provincia romana
del río Éufrates, una vez se detuvo un convoy 3 o 4 meses en vez de una semana; por este
motivo los citados emperadores legislaron que no se podían detener más de 7 días en
la misma ciudad.
En los citados juegos pagados por Pompeyo intervinieron 18 o 20
elefantes, 500 o 600 leones y 410 fieras africanas de otras especies; y en los de
César 400 leones y 40 elefantes. Los datos que conservamos de época imperial indican que
las luchas de fieras gozaron cada vez de más aceptación y de que los emperadores para
congraciarse con el pueblo de Roma y apartar su atención de los problemas acuciantes
de la vida ordinaria no escatimaban dinero en gastos. Augusto dio en su vida 26 juegos
organizados por él, y
se sacrificaron 3.500 fieras de África, que era la principal
abastecedora de los animales salvajes. El emperador Tito, en el año 80, montó unas fiestas que
duraban 100 días para celebrar la consagración del anfiteatro Flavio, que tenía cabida
para 40.000 o 45.000 espectadores; en un solo día se presentaron 5.000 fieras y durante
estas fiestas se mataron 9.000 animales. Trajano, en el año 107, celebró el triunfo sobre
Dacia, la actual Rumania, con unas fiestas que duraron 4 meses, en las que
intervinieron 11.000 fieras que lucharon contra 10.000 hombres.
Roma llevó a las provincias el gusto por este espectáculo. El
gaditano Columela, a comienzos del Imperio, alude a fieras africanas traídas a la
Bética, la actual Andalucía, para que participasen en los juegos del anfiteatro. Los zoos de
Roma estaban llenos siempre de fieras, que en cualquier momento podían intervenir en
los anfiteatros. Nerón (54-68), en el gran palacio llamado la Domus
Aurea, que construyó en Roma, al decir del historiador Suetonio, tenía "bosques con una multitud
abigarrada de animales domésticos y salvajes de todas clases". En tiempo de Gordiano III, hacia
el año 235, había en Roma, según la Historia Augusta, obra de finales del s. IV, 32 elefantes, 10 alces,
10 tigres, 60 leones domesticados, 30 leopardos domesticados, 10
hienas, 6 hipopótamos, 1 rinoceronte, 10 leones salvajes, 10 jirafas, 20 onagros, 40
caballos salvajes e innumerables y divertidísimos animales, fieras todas, que fueron presentadas en
la arena con ocasión de celebrar Filipo el Árabe el milenario de la fundación de Roma,
celebrado en el
año 248. Para el mantenimiento de todas estas fieras se necesitaba
un numeroso personal administrativo y la inversión de cuantiosas sumas de dinero.
Calígula (37-41), en una época en que la carne había alcanzado un precio alto,
alimentaba a las fieras con carne humana de criminales. Aureliano regaló las fieras que
participaron en su triunfo, para no gravar el fisco, lo que indica que de los fondos públicos
se sostenían los animales y que su mantenimiento era costoso. Un procurador administraba los
fondos especiales
destinados al sostenimiento de los elefantes.
En los anfiteatros no sólo se exhibían fieras, luchaban éstas unas
contra otras o contra hombres, sino que también se simulaban auténticas cacerías;
la mejor conocida está descrita en la citada Historia Augusta, con ocasión de las fiestas organizadas por el emperador Probo; dice así: "El espectáculo se dispuso como sigue:
grandes árboles, arrancados con sus raíces por los soldados, se colocaban sobre una
plataforma de madera de gran extensión que se había recubierto de tierra. De esta
manera, todo el circo,
plantado de modo semejante a un bosque, pareció florecer con la
frescura de las hojas verdes. En seguida soltaron por todos los caminos mil avestruces,
mil ciervos, mil jabalíes, mil gamos, mil gamuzas, mil cabritillos salvajes y otros animales
herbívoros en tanta cantidad cuanto les fue dado alimentar y encontrar. Hecho
esto, dejaron penetrar en el bosque a la plebe y cada uno se apoderó de lo que quiso.
Otro día, Probo hizo soltar de una vez en el anfiteatro a cien leones de largas crines. El
fragor de sus rugidos parecía
el tronar de la tormenta. Se les dio muerte por la espalda a todos
estos leones y, mientras morían, no dieron el buen espectáculo que se esperaba de ellos, ya
que no tenían ese ímpetu que tienen cuando salen de sus jaulas. A muchos de ellos, que no
querían avanzar, se les mató con flechas. Salieron también cien leopardos de Libia,
cien leopardos sirios, cien leonas juntamente con cien osos. Parece ser que el espectáculo de
todas aquellas fieras fue más imponente que agradable." Otras fiestas eran más
complicadas aún. El poeta Calpurnio describe una fiesta dada por Nerón, en la que el suelo se abrió y
de los abismos salió un bosque maravilloso con árboles resplandecientes por el oro y
surtidores olorosos, poblado de fieras de lejanos países. En los juegos que organizó Septimio
Severo, en el año 202, la palestra se transformó en pocos momentos en un barco
gigantesco, que inmediatamente se desencuadernó, quedando sobre la arena 700 fieras, leones,
panteras, osos,
bisontes y avestruces, que fueron sacrificados en los 7 días que
duró la fiesta.
A los condenados a las fieras frecuentemente se les ataba a un
carro, que se llevaba a donde los animales se encontraban; otras veces se les obligaba a
ir a su encuentro azotándolos por las espaldas, según se ve en el mosaico de Zliten. También se
les colgaba de un madero, como a Blandina, cristiana, que en Lyon, en el año 177,
fue condenada a las fieras, o se les ataba a un puente o tablado, como a Saturo,
mártir cristiano africano del año 203. Las actas de los mártires —los cristianos fueron
frecuentemente condenados a las fieras— nos informan de algunas particularidades, como de que
los condenados eran
flagelados antes, como se hizo con la citada Blandina o con los
mártires de Tiro, en época de Diocleciano a principios del s. IV, y de que cuando se
les echaba a toros bravos, iban envueltos en redes, como Perpetua y Felicitas, compañeras de
Saturo.
La actitud de los intelectuales fue ambigua ante estas degollinas
de hombres y fieras organizadas para divertir al populacho. Varrón, a finales de la
República, escribió la siguiente frase condenatoria de tales juegos: "¿No sois unos
bárbaros, los que echáis los criminales a las fieras?" Cicerón, el gran orador, contemporáneo
del escritor anterior también fue contrario a este espectáculo: "¿Qué placer puede
representar para una persona culta ver como un hombre débil es despedazado por una fiera fuerte
y gigantesca o como un hermosísimo animal es atravesado por una jabalina?"
Séneca manifestó repetidas veces su repulsa ante estas matanzas. El cristianismo se opuso a
ellas por boca de algunos de sus mejores representantes, como san Juan Crisóstomo en
el s. IV y Salviano de Marsella, en el siglo siguiente; en cambio, los poetas Marcial
y Estacio, en tiempo de Domiciano, alaban estos espectáculos.
Las cacerías de fieras en los anfiteatros sirvieron también a la
medicina. Galeno escribe que muchos médicos presenciaron la autopsia de un elefante
gigantesco y del cuerpo de estos animales sacrificados se obtenían medicinas.
También sirvieron a los artistas para copiar fieras del natural. El famoso escultor
Pasiteles, de finales de la República, estuvo a punto de ser despedazado por una pantera escapada de una
jaula, mientras modelaba un león.
En los anfiteatros romanos presenciaban los espectadores otros
tipos de
diversiones, como las pantomimas y las naumaquias, éstas últimas
no siempre celebradas en ellos. En las pantomimas los actores eran generalmente
criminales, condenados a muerte, entrenados para estos tipos de espectáculos.
Los actores solían salir a la arena vestidos con túnicas bordadas en oro, con mantos
de púrpura y coronados con coronas doradas. De pronto, los vestidos se inflamaban y los
delincuentes morían abrasados. El populacho romano había bautizado a semejantes
mortíferos vestidos con el nombre de "túnica molesta". Otras veces, como a
los cristianos, a quienes
Nerón en el año 64 echó la culpa del incendio de Roma, se les
embadurnaba de resina y de pez y ardiendo se convertían en auténticas antorchas humanas,
que iluminaban la noche; a otros condenados, vestidos de pieles, se les arrojaba a
los perros para que los descuartizasen. Los escritores de época imperial han
conservado datos sobre estas pantomimas que a nosotros se nos antojan espeluznantes, pero que
hacían las delicias de los espectadores de los circos. Muchas veces las pantomimas ponían
en escenas hechos amosos de la Historia Romana o mitos. Nuestro poeta Marcial, que
también pintó los espectáculos de la capital del Imperio, vio a un criminal disfrazado de Mucio
Escévola, con una mano colocada sobre el fuego, hasta que éste se la abrasó
toda. Se representó también en el anfiteatro la crucifixión del bandolero Laureolo, que fue
desgarrado por las fieras. El poeta bilbilitano describe con un realismo impresionante el
suplicio: la carne le caía a pedazos. En otra pantomima un condenado representaba a Orfeo, el
héroe mitológico, que con su música amansaba a las fieras. Aparecía en un paraje
campestre, rodeado de toda clase de fieras, de pronto le dejaron caer, y fue despedazado
por un oso. Tertuliano, que como todos los cristianos, fue muy contrario a este tipo de
espectáculos sangrantes, en época de la Dinastía Severiana (193-235), alude a diversos
mitos puestos en escena, como la castración de Atis; otro condenado llevaba los atributos
de Hércules, y como el semidiós en el Eta, fue abrasado vivo. El apologista cristiano
escribe que había gente que se prestaba voluntariamente a recorrer cierta distancia con
los vestidos ardiendo.
No todas las pantomimas acababan trágicamente. También se
representaban mitos obscenos y alegres, como el rapto de Europa por el toro. A veces la arena se inundaba de agua y se convertía en un lago,
donde se celebraban
combates navales. Conocemos una serie de naumaquías gracias a los
historiadores Tácito y Suetonio. La más antigua conocida data del año 46 a. C.
La organizó Julio César con motivo de los juegos triunfales que celebraron ese año su
triunfo sobre los enemigos. El dictador mandó hacer en el Campo de Marte un gran lago
artificial, donde se enfrentaron una flota tiria y otra egipcia. Participaron 1.000
soldados y 2.000 remeros en cada flota; los barcos eran de dos, tres y cuatro remos. En el
año 2 el emperador Augusto, para festejar la consagración del templo de Marte Ultor, organizó
una gran naumaquía celebrada en un lago artificial; este lago medía 533 metros de
largo y 357 de ancho. Combatieron 30 naves grandes de los atenienses y de los
persas, mas un número mayor de pequeños barcos. El número de participantes fue de 3.000
combatientes, sin contar los remeros.
El emperador Claudio en el año 52 organizó un gran simulacro de combate
naval, para celebrar la terminación de las obras que unían el lago
Fucino, mediante un canal, con el río Liris. En el combate celebrado en el lago participaron
19.000 combatientes, repartidos en dos flotas, siciliana y rodia. Las orillas del lago,
al decir de Tácito, estaban llenas de balsas para impedir que el numeroso público, que se
apiñaba en las orillas, se cayera al agua. Las balsas estaban ocupadas por destacamentos de
los cohortes pretorias, que eran la guardia personal del emperador. El propio emperador
Claudio, acompañado de la emperatriz Agripina, presidió el espectáculo.
Nerón en el año 57 o 58 convirtió la arena del anfiteatro
levantado por él en el
Campo de Marte en un gigantesco lago, donde se exhibieron toda
clase de peces y monstruos marinos, y se reprodujo un encuentro naval entre persas
y griegos, que recordaba los de las Guerras Médicas. Después se vació el lago y sobre la
arena lucharon los gladiadores y se simuló un combate terrestre. En el año 64 el
mismo emperador en el mismo lugar organizó por segunda vez una naumaquía, seguida, como
la primera, de un combate de gladiadores y después vino un fastuoso festín
organizado por Tigelino. El emperador Tito organizó en el año 80 unas fiestas que duraron
100 días y no podían
faltar en ellas los espectáculos acuáticos. En el primer día sobre
una tarima de madera que cubría el lago organizó unos combates de gladiadores y un
acoso de fieras, el segundo día una carrera de carros y el tercero un simulacro de
batalla naval entre atenienses y siracusanos, que recordaban los tenidos con ocasión del ataque
de Atenas a Siracusa, durante la Guerra del Peloponeso, 415-413 a.C.
El emperador Domiciano intentó eclipsar las fiestas acuáticas
organizadas por su hermano, hizo construir un nuevo y grandioso lago artificial y organizó un
gigantesco combate naval. Durante esta representación cayó una gran tormenta sobre
los espectadores, pero no se les permitió abandonar sus puestos, lo que motivó que
muchos enfermasen.
La Historia Augusta, obra de finales del s. IV, da noticia de otra naumaquía,
celebrada por el emperador Filipo el Árabe, con ocasión de festejar el
milenario de la fundación de Roma. No se conocen detalles.
Los emperadores romanos fueron muy pródigos en organizar toda esta
clase de espectáculos para distraer al populacho de Roma. Dión Casio ya cayó en la
cuenta de que el pueblo se entretenía con ellos y no pensaba en política, ni en
los verdaderos problemas de la
vida.